La mañana se inclina bajo el cascabel,
codician las serpientes un canto,
mudan la piel en el último vestigio
del verano, arena y más arena.
El miedo adquiere en ellas
la forma del tormento,
así se enrollan las especies,
de gozo y de saliva.
No hallo lugar más que la sombra
ni mejor aliado que el silencio.
Se descose
del vértice del puente
la desesperación por la comida
y mezcla la tristeza que mora en los colmillos.
No hallo mejor aliada que la voz
ni lugar más seguro que mi canto.
Y acá comienza el mar a desgranarse
donde la música alta y cada vez más alta.
¿Quién me nombra así?
donde no existo, ni soy pan, ni carne, ni bebida.
Llevo el color de la tarde, las manos perfumadas,
la vieja voz del universo, el torso firme,
los pies sobre la tierra y cierro los ojos como el agua.